viernes, 28 de agosto de 2015

Castro, entre el Athletic y la Marinera





Las poco más de treinta mil personas que completan el censo de Castro Urdiales llevan más de un siglo vinculadas deportivamente al rojo de la Marinera y el rojiblanco del Athletic. Dos aficiones que, vaya esto por delante, resultan perfectamente compatibles y hasta cierto punto complementarias. De hecho, todos sienten como propia la suerte de la trainera hasta este año roja, y la mayoría tomó partido en su día por los leones de San Mamés. Y esto ha sido así desde siempre, de toda la vida. Matizado sí acaso en las últimas décadas por las filias futboleras de los miles de visitantes que elegimos esta localidad del extremo oriental de Cantabria para desconectar en verano. Pero lo cierto es que en este rincón norteño mucho tiene que llover para que el personal se aparte en lo deportivo de esta dualidad cromática tan bien ligada. Dicho así suena a bilbainada, por tanto conviene aclararlo.

A nadie debiera extrañar que en una localidad situada en el mapa a unos cuarenta kilómetros al oeste de Bilbao se siga la suerte de los leones con la misma pasión que podemos constatar en Barakaldo, Lezama o la calle Licenciado Poza, con lo larga que es. Entras en cualquier bar y allí está la bandera, la bufanda o el cartel con los colores, iconos y mitos del Athletic. Porque, dicho sea de paso, este club sí tiene mitos, y les tributa el recuerdo que merecen quienes hicieron grande a una institución nacida en una de las zonas de España donde más pronto se comenzó a jugar a la football.

Decía que te encuentras al Athletic allá donde vas, en cualquier sitio. Ninguna institución social, cultural o deportiva puede presumir por estos lares de la implantación social que evidencian los leihoak. Creo que no exagero si afirmo que esta identificación con los colores del Athletic es un atributo esencial, definitorio, de la cadena genética de los nacidos a este lado del mapa. Y un argumento que refuerza la tesis es que donostiarras, cántabros o alaveses asumen la evidencia a poco que la bufanda no cortocircuite la capacidad para razonar. Eso es así, y punto.

Forman parte del paisaje los niños, los jóvenes y los ejemplares bien curtidos de la raza ataviados con la primera equipación. Una camiseta, clásica donde las haya, que lucen con absoluta normalidad, da igual si es día de partido. Y mira que estuvieron a esto de cargarse el invento hace un par de años cuando, de forma incomprensible, la casaca rojiblanca cedió terreno ante aquella versión verde con detalles rojiblancos horizontales en la parte superior y el patrocinio de Petronor al pecho. Un horror se mire como se mire. Y es que este club centenario tampoco está a salvo de excentricidades de complicada justificación. Baste recordar aquella inclasificable broma del año del centenario, que la propia directiva retiró ante la pésima acogida que la hinchada dispensó al trapo. Qué quieren que les diga, yo es ver a alguien con esa camiseta verde y acordarme de la final de la Uefa que perdieron de forma inesperada ante el Atlético de los Falcao, Diego y compañía. Justo castigo para semejante osadía, no dejo de pensarlo.

Camisetas aparte, esta plaza está ganada para la causa de Ibaigane. Tanto es así que llama la atención encontrarse a este lado de Cantabria un garito con el escudo del Rácing, un chaval ataviado con la equipación cántabra o un balcón adornado con la enseña del Sardinero. Esto último sería para que el presidente Revilla hiciera un alto en su tourné mediática y se personara anchoas en ristre a imponer la medalla de la comunidad al heroico vecino. No se ha dado el caso.

En Castro, si no eres del Athletic lo tienes claro: tienes la desgracia de formar parte de la corriente madridista, gracias en parte al impagable servicio prestado desde la mayoría de los medios de comunicación. Porque sigo pensando que lo de convertir España en una peña del Madrid va en serio. Por tanto, o sigues al Athletic o te sumerges cada mañana en el Marca o el As (total, lo mismo) mientras das cuenta del pincho de tortilla y le ríes las gracias al inefable Roncero. No hay otra. Todo lo más, se cuentan entre los más jóvenes quienes han sucumbido a los encantos de ese equipo que Guardiola puso a jugar al fútbol con un tal Messi al frente. Y ahora que recuerdo, hubo una época en la que la elástica del Athletic disputó la supremacía en las calles de Castro con la camiseta de la selección. Javi Martínez y Llorente harían lo suyo, vale, pero los nombres que más se prodigaban en aquellas zamarras eran los de Villa, Casillas, Xavi y, lógicamente, Iniesta. Pero esa fiebre pasó a medida que el Marqués del Nabo comenzó a hacer de las suyas. Ya apenas quedan rastros.

Dicho lo cual, si hay una institución deportiva que haga competencia visible por aquí a los de San Mamés, ese es el Club de Remo de la villa. Su emblema y las estampas con lo mejor de un honorable palmarés decoran buena parte de los establecimientos de la ciudad. El rojo de la Marinera es el color de Castro, por más que alguien decidiera en un nublado que la bandera de la antigua Flaviobriga tendría que ser un remedo de la escocesa con el verde en lugar del azul. Las enseñas de la Marinera forman parte del paisaje, con el recuerdo de laureles no tan lejanos y la esperanza de un futuro deportivo más halagüeño.




La Marinera es a Castro lo que el Athletic Club a Vizcaya, buena parte del País Vasco y este rincón de Cantabria. Y eso que ahora los remeros sobreviven a los recortes con peor suerte que el Athletic a una filosofía modulada con las excepciones que impuso la lógica de un mercado sin fronteras. La afición -entregada, tradicional y entusiasta donde las haya- no ha podido evitar que la embarcación roja de Castro se debata este verano por subir a Segunda. Si, a Segunda. Ya no hay subvenciones, la crisis hizo lo suyo y, por tanto, pasaron a la historia los entrenadores de elite y los deportistas del otro lado del telón de acero. Para más inri, el casco de la trainera sale ahora a escena tuneada de una variedad del morado corporativo del patrocinador de turno. Irreconocible.

Este ha sido el verano del Athletic, de los txapeldunak. Campeones después de treinta y un años, no han sacado la gabarra porque el siguiente partido se antojaba demasiado cercano. Otra decisión cuando menos discutible, sobre todo pensando en los que no habían nacido la última vez que los márgenes de la ría se tiñeron de rojiblanco para recibir a los de Clemente. Llevan décadas escuchando a sus mayores lo que supuso aquello, y ahora que la gloria les mira de nuevo a la cara, alguien decide que no hace falta. Por aquí -ya lo decía a cuenta de la camiseta- también se toman decisiones incomprensibles.

Y mientras medio Bilbao se daba cita en el Arenal para recibir a los héroes de Barcelona, catorce castreños salían una tarde más a la bahía de Castro, con otro color, luchando por abandonar una categoría que no les corresponde, y más de uno rememorando el repaso que Aduriz y compañía acababan de pegarle a la tropa de Luis Enrique. De alguna manera, todo quedó en casa.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Tarde en el solárium

Entrada la tarde el solárium de Castro Urdiales ofrece una imagen casi idílica para este sureño atípico. Apenas queda gente, tan sólo algunos rezagados ya entrados en años que cumplen con el rito del baño vespertino. Pocos pero elegidos, yo diría que los mismos de cada día, fieles a una cita con el mar, con sus pensamientos y un silencio que rompen los niños, mis hijos y sus primos. Algo muy parecido a esto se corresponde con estar de vacaciones, con mi sueño de no hacer nada, de dejar pasar el tiempo. Cualquiera con dos dedos de luces evitaría el contacto con el agua a esa hora. Fuera comienza a hacer frío, pero tiran más las ganas de hacer algo distinto, de atreverse, de retar a la mayoría prudente. Una señora, más preparada para el paseo diario que para el baño de los valientes, afirma que hace un día triste mientras otea las nubes que apenas dejan pasar algunos rayos de un sol rendido a otra de esas evidencias norteñas. Triste dice...  
Y es que los castreños viven pendientes del cielo y el mar. Del viento, las nubes y las mareas. Una obsesión que viene de serie sí naces en algún lugar entre las montañas y este Cantábrico que hoy muere en el solárium con una calma mediterránea. Esta preocupación termina condicionando los planes que alguien propone en este tiempo tan dado a las mismas rutinas, las mismas excursiones, las mismas experiencias de cada agosto. Llegar al muelle y sentarse frente a este mar es una de ellas, y para la expedición sevillana no representan inconveniente alguno las nubes que una tarde más han ganado la partida al sol. Los niños llevan ya un buen rato en el agua, jugando en torno a una de las escaleras que te introducen en el mar a una profundidad más propicia para los contados alumnos de la escuela de buceo. Ahí siguen, enredados en sus juegos, ajenos a un muelle que poco a poco se va quedando vacío. Somos los últimos en llegar y casi los encargados de clausurar la jornada de baños de no ser por unos cuantos señores, apenas media docena, pacientes y silenciosos, que van tomando el relevo caña en ristre.
Lanzan y recogen el sedal con una cadencia a la que no suele acompañar el éxito, mientras una bandada de gaviotas toma posiciones escalones arriba, con una motivación muy distinta a la de este observador sin reloj ni tarea pendiente que no pierde detalle de estos pescadores sin suerte. Cae la tarde y las luces del paseo nos regalan otra estampa de la bahía. Entretanto, los niños se duchan, recogen los avíos de sus juegos acuáticos y se cambian a su aire, obligados, sin la prisa que el pescador desea en silencio, educadamente, sin el menor reproche. Con el paso de los años, yo quiero ser uno de ellos.
 
 

miércoles, 19 de marzo de 2014

Juan Moya Sanabria






Son días para la nostalgia. Tardes de paseo por un callejero salpicado de templos abiertos a los rituales de priostía, artesanos del cartón y el esparto, papeletas de sitio, ensayos, carteles de quinarios… La ciudad se gusta, es su momento. Íntimo y cercano en la memoria del que cumple recuerdos y acumula añoranza. Las mismas caras, los mismos ritos, los olores y la luz de una tarde que nos remonta a miradas tan limpias y corazones tan blancos, a la casa paterna, a los amigos de entonces. Una nostalgia placentera y que duele, que nos sorprende con el paso lento, como queriendo que nada escape a los sentidos, que no se pierda un detalle. Y mientras custodio la curiosidad de una generación que comienza a percibir los signos de lo que se avecina, rescato el recuerdo agradecido a quienes, sin saberlo, me acercaron a una devoción, a una túnica de ruán, a una forma de ser. Hoy me acuerdo de Juan Moya Sanabria.

Juan tiene la culpa de que yo sea nazareno de la Buena Muerte, y de que mi paso por la Universidad lleve en el reverso la imagen del crucificado de los Estudiantes. Si cada Martes Santo me recreo en la misma rutina doméstica y reservada, es gracias en parte a aquel hermano mayor que supo acercar la hermandad a un grupo de jóvenes que acompañábamos “al cura”, como él solía llamar a su amigo Juan del Río. Lo hizo sin programa, sin esfuerzo y de forma natural. Le salía de dentro, era él. Con aquella sonrisa cómplice y la bonhomía que desprendía en cada decisión, en cada gesto, en cada detalle.

Le echamos de menos. Hace poco celebramos las bodas de plata del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad, el SARUS. Estaban casi todos, pero faltaba Juan. Un hombre del mundo, un cofrade de ley y un cristiano ejemplar. Yo eché de menos a Juan Moya Sanabria, y sé que no fui el único. Hoy, tanto tiempo después, gracias Juan.

(Foto: formacioncofrade.org).
 
Pablo F. Enríquez

domingo, 23 de febrero de 2014

Si no fuera por lo que es…



Si no fuera por lo que es, íbamos a estar usted y yo perdiendo el tiempo con las cosas del fútbol. Anda que si no mediara el punto de sinrazón que nos ciega cada vez que salen al campo los nuestros, íbamos a perder un solo segundo con todo lo que rodea este deporte. Algo más que eso, un entretenimiento y una forma de vida para millones de personas, que algunos están conduciendo por una deriva suicida en nuestro país.

Quieren cargárselo. Sólo les importa la cuenta de resultados que pasa por convertir a los dos grandes de España en instituciones intocables, en el terreno de juego y en los despachos. Para ello cuentan con la connivencia de unos diarios deportivos que perpetran portadas querellables (que se sepa, no conoce aún la cárcel el desahogado que ordenó, allá por 2007, aquella primera del Marca con un árbitro en el centro de una diana). Como hay que estar a la altura de lo que los tiempos y una selecta audiencia lo demanda, tampoco faltan espacios televisivos en horarios más o menos protegidos (eso ya da igual) cuyo objetivo no es otro que restringir la información y el debate futbolístico a los intereses de Madrid y Barcelona. En un país donde Belén Esteban o Jorge Javier Vázquez lideran las ventas en las librerías, estos parleros nos largan la dosis diaria de propaganda con el objetivo bien trazado de convertir el país en una peña virtual madridista o culé, según el día, adornada (es un decir) con los iconos de esta cultura (otro decir) rancia y casposa hasta decir basta.

Y no conocen límites. Ni el pudor (iba a decir la vergüenza) a la hora de justificar el atropello con argumentos que el consigliere de Lucky Luciano descartaría por indecentes. El reparto televisivo, los arbitrajes, los comités… ¿Hay algo realmente sano en esta Liga? Me dirán que los aficionados pero, a la vista de determinadas conductas, a veces me permito dudar incluso de eso tan intangible de los sentimientos, el amor a unos colores y la fiel infantería que, decían, “no se merece esto”.

Días raros que tiene uno. Pero es que si no fuera por lo que es…



Publicado en SFC Periódico el 23 de febrero de 2014

domingo, 3 de noviembre de 2013

Sevillista




Créanme si les digo que hay sevillistas, no sé si con dos, tres o cinco cifras en el número de abonado, a los que les da exactamente igual que Émery coloque de salida una defensa adelantada, doble pivote en el centro y dos arriba. Posiblemente han visto más partidos que el noventa y nueve por ciento de los que imparten a diario lecciones de fútbol y, ya de paso, de sevillismo, pero nadie les habrá arrancado un comentario que fuera más allá de si éste o aquel es ‘bueno’ –a secas- o un calco del que llegó al Sevilla hace tiempo procedente del Jaén.

No saben manejarse en eso que suena a secta y que hasta los profanos resumen con el genérico de Redes Sociales. Ni falta que les hace. ‘No han visto nada, no tienen ni idea’, sentencian para sí cada vez que alguien trata de convencerles de que la opinión en sevillista se pulsa hoy en estos inventos con nombres que alguien tomó prestados de un almacén sueco de muebles.

Sólo en cenáculos reducidísimos, familiares, casi en privado, evocan un tiempo en el que su Sevilla y el mío se ganó un marchamo imperecedero de respetabilidad. Sello grabado a fuego en la memoria de quienes acompañaron a su equipo, desde cierta distancia pero sin dejarlo ir, sin aspavientos ni dogmatismos, más décadas de lo que la razón dicta, a la espera de que un chaval de Nervión les volviera a helar la sangre aquel jueves de Feria. Esa noche, mientras media Sevilla hacía suya la ciudad, se abandonaron al recuerdo y la nostalgia de los que ya no estaban, sevillistas porque sí, a los que, después de tanto tiempo, volvían a echar de menos.

Seguro que los reconocen y, pasado el tiempo, querrían ser como ellos. Hoy, como cada fin de semana, vuelven a recorrer la distancia que une el hogar con su casa, con su gente. Ahí los tienen, puntuales a la cita con su Sevilla y el nuestro, agradeciendo al de arriba que los mantenga con salud para seguir abonando una devoción en niños con la mirada limpia y el corazón blanco.


Artículo publicado en SFC Periódico del 3 de octubre de 2013