miércoles, 19 de marzo de 2014

Juan Moya Sanabria






Son días para la nostalgia. Tardes de paseo por un callejero salpicado de templos abiertos a los rituales de priostía, artesanos del cartón y el esparto, papeletas de sitio, ensayos, carteles de quinarios… La ciudad se gusta, es su momento. Íntimo y cercano en la memoria del que cumple recuerdos y acumula añoranza. Las mismas caras, los mismos ritos, los olores y la luz de una tarde que nos remonta a miradas tan limpias y corazones tan blancos, a la casa paterna, a los amigos de entonces. Una nostalgia placentera y que duele, que nos sorprende con el paso lento, como queriendo que nada escape a los sentidos, que no se pierda un detalle. Y mientras custodio la curiosidad de una generación que comienza a percibir los signos de lo que se avecina, rescato el recuerdo agradecido a quienes, sin saberlo, me acercaron a una devoción, a una túnica de ruán, a una forma de ser. Hoy me acuerdo de Juan Moya Sanabria.

Juan tiene la culpa de que yo sea nazareno de la Buena Muerte, y de que mi paso por la Universidad lleve en el reverso la imagen del crucificado de los Estudiantes. Si cada Martes Santo me recreo en la misma rutina doméstica y reservada, es gracias en parte a aquel hermano mayor que supo acercar la hermandad a un grupo de jóvenes que acompañábamos “al cura”, como él solía llamar a su amigo Juan del Río. Lo hizo sin programa, sin esfuerzo y de forma natural. Le salía de dentro, era él. Con aquella sonrisa cómplice y la bonhomía que desprendía en cada decisión, en cada gesto, en cada detalle.

Le echamos de menos. Hace poco celebramos las bodas de plata del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad, el SARUS. Estaban casi todos, pero faltaba Juan. Un hombre del mundo, un cofrade de ley y un cristiano ejemplar. Yo eché de menos a Juan Moya Sanabria, y sé que no fui el único. Hoy, tanto tiempo después, gracias Juan.

(Foto: formacioncofrade.org).
 
Pablo F. Enríquez

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