Son días para la nostalgia. Tardes de paseo por un callejero
salpicado de templos abiertos a los rituales de priostía, artesanos del cartón
y el esparto, papeletas de sitio, ensayos, carteles de quinarios… La ciudad se
gusta, es su momento. Íntimo y cercano en la memoria del que cumple recuerdos y
acumula añoranza. Las mismas caras, los mismos ritos, los olores y la luz de
una tarde que nos remonta a miradas tan limpias y corazones tan blancos, a la
casa paterna, a los amigos de entonces. Una nostalgia placentera y que duele,
que nos sorprende con el paso lento, como queriendo que nada escape a los
sentidos, que no se pierda un detalle. Y mientras custodio la curiosidad de una
generación que comienza a percibir los signos de lo que se avecina, rescato el
recuerdo agradecido a quienes, sin saberlo, me acercaron a una devoción, a una
túnica de ruán, a una forma de ser. Hoy me acuerdo de Juan Moya Sanabria.
Juan tiene la culpa de que yo sea nazareno de la Buena
Muerte, y de que mi paso por la Universidad lleve en el reverso la imagen del
crucificado de los Estudiantes. Si cada Martes Santo me recreo en la misma rutina
doméstica y reservada, es gracias en parte a aquel hermano mayor que supo
acercar la hermandad a un grupo de jóvenes que acompañábamos “al cura”, como él
solía llamar a su amigo Juan del Río. Lo hizo sin programa, sin esfuerzo y de
forma natural. Le salía de dentro, era él. Con aquella sonrisa cómplice y la
bonhomía que desprendía en cada decisión, en cada gesto, en cada detalle.
Le echamos de menos. Hace poco celebramos las bodas de plata
del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad, el SARUS. Estaban casi
todos, pero faltaba Juan. Un hombre del mundo, un cofrade de ley y un cristiano
ejemplar. Yo eché de menos a Juan Moya Sanabria, y sé
que no fui el único. Hoy, tanto tiempo después, gracias Juan.
(Foto: formacioncofrade.org).
Pablo F. Enríquez

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