miércoles, 19 de agosto de 2015

Tarde en el solárium

Entrada la tarde el solárium de Castro Urdiales ofrece una imagen casi idílica para este sureño atípico. Apenas queda gente, tan sólo algunos rezagados ya entrados en años que cumplen con el rito del baño vespertino. Pocos pero elegidos, yo diría que los mismos de cada día, fieles a una cita con el mar, con sus pensamientos y un silencio que rompen los niños, mis hijos y sus primos. Algo muy parecido a esto se corresponde con estar de vacaciones, con mi sueño de no hacer nada, de dejar pasar el tiempo. Cualquiera con dos dedos de luces evitaría el contacto con el agua a esa hora. Fuera comienza a hacer frío, pero tiran más las ganas de hacer algo distinto, de atreverse, de retar a la mayoría prudente. Una señora, más preparada para el paseo diario que para el baño de los valientes, afirma que hace un día triste mientras otea las nubes que apenas dejan pasar algunos rayos de un sol rendido a otra de esas evidencias norteñas. Triste dice...  
Y es que los castreños viven pendientes del cielo y el mar. Del viento, las nubes y las mareas. Una obsesión que viene de serie sí naces en algún lugar entre las montañas y este Cantábrico que hoy muere en el solárium con una calma mediterránea. Esta preocupación termina condicionando los planes que alguien propone en este tiempo tan dado a las mismas rutinas, las mismas excursiones, las mismas experiencias de cada agosto. Llegar al muelle y sentarse frente a este mar es una de ellas, y para la expedición sevillana no representan inconveniente alguno las nubes que una tarde más han ganado la partida al sol. Los niños llevan ya un buen rato en el agua, jugando en torno a una de las escaleras que te introducen en el mar a una profundidad más propicia para los contados alumnos de la escuela de buceo. Ahí siguen, enredados en sus juegos, ajenos a un muelle que poco a poco se va quedando vacío. Somos los últimos en llegar y casi los encargados de clausurar la jornada de baños de no ser por unos cuantos señores, apenas media docena, pacientes y silenciosos, que van tomando el relevo caña en ristre.
Lanzan y recogen el sedal con una cadencia a la que no suele acompañar el éxito, mientras una bandada de gaviotas toma posiciones escalones arriba, con una motivación muy distinta a la de este observador sin reloj ni tarea pendiente que no pierde detalle de estos pescadores sin suerte. Cae la tarde y las luces del paseo nos regalan otra estampa de la bahía. Entretanto, los niños se duchan, recogen los avíos de sus juegos acuáticos y se cambian a su aire, obligados, sin la prisa que el pescador desea en silencio, educadamente, sin el menor reproche. Con el paso de los años, yo quiero ser uno de ellos.
 
 

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