Las poco más de treinta mil personas que completan el censo de Castro Urdiales llevan más de un siglo vinculadas deportivamente al rojo de la Marinera y el rojiblanco del Athletic. Dos aficiones que, vaya esto por delante, resultan perfectamente compatibles y hasta cierto punto complementarias. De hecho, todos sienten como propia la suerte de la trainera hasta este año roja, y la mayoría tomó partido en su día por los leones de San Mamés. Y esto ha sido así desde siempre, de toda la vida. Matizado sí acaso en las últimas décadas por las filias futboleras de los miles de visitantes que elegimos esta localidad del extremo oriental de Cantabria para desconectar en verano. Pero lo cierto es que en este rincón norteño mucho tiene que llover para que el personal se aparte en lo deportivo de esta dualidad cromática tan bien ligada. Dicho así suena a bilbainada, por tanto conviene aclararlo.
A nadie debiera extrañar que en una localidad situada en el mapa a unos cuarenta kilómetros al oeste de Bilbao se siga la suerte de los leones con la misma pasión que podemos constatar en Barakaldo, Lezama o la calle Licenciado Poza, con lo larga que es. Entras en cualquier bar y allí está la bandera, la bufanda o el cartel con los colores, iconos y mitos del Athletic. Porque, dicho sea de paso, este club sí tiene mitos, y les tributa el recuerdo que merecen quienes hicieron grande a una institución nacida en una de las zonas de España donde más pronto se comenzó a jugar a la football.
Decía que te encuentras al Athletic allá donde vas, en cualquier sitio. Ninguna institución social, cultural o deportiva puede presumir por estos lares de la implantación social que evidencian los leihoak. Creo que no exagero si afirmo que esta identificación con los colores del Athletic es un atributo esencial, definitorio, de la cadena genética de los nacidos a este lado del mapa. Y un argumento que refuerza la tesis es que donostiarras, cántabros o alaveses asumen la evidencia a poco que la bufanda no cortocircuite la capacidad para razonar. Eso es así, y punto.
Forman parte del paisaje los niños, los jóvenes y los ejemplares bien curtidos de la raza ataviados con la primera equipación. Una camiseta, clásica donde las haya, que lucen con absoluta normalidad, da igual si es día de partido. Y mira que estuvieron a esto de cargarse el invento hace un par de años cuando, de forma incomprensible, la casaca rojiblanca cedió terreno ante aquella versión verde con detalles rojiblancos horizontales en la parte superior y el patrocinio de Petronor al pecho. Un horror se mire como se mire. Y es que este club centenario tampoco está a salvo de excentricidades de complicada justificación. Baste recordar aquella inclasificable broma del año del centenario, que la propia directiva retiró ante la pésima acogida que la hinchada dispensó al trapo. Qué quieren que les diga, yo es ver a alguien con esa camiseta verde y acordarme de la final de la Uefa que perdieron de forma inesperada ante el Atlético de los Falcao, Diego y compañía. Justo castigo para semejante osadía, no dejo de pensarlo.
Camisetas aparte, esta plaza está ganada para la causa de Ibaigane. Tanto es así que llama la atención encontrarse a este lado de Cantabria un garito con el escudo del Rácing, un chaval ataviado con la equipación cántabra o un balcón adornado con la enseña del Sardinero. Esto último sería para que el presidente Revilla hiciera un alto en su tourné mediática y se personara anchoas en ristre a imponer la medalla de la comunidad al heroico vecino. No se ha dado el caso.
En Castro, si no eres del Athletic lo tienes claro: tienes la desgracia de formar parte de la corriente madridista, gracias en parte al impagable servicio prestado desde la mayoría de los medios de comunicación. Porque sigo pensando que lo de convertir España en una peña del Madrid va en serio. Por tanto, o sigues al Athletic o te sumerges cada mañana en el Marca o el As (total, lo mismo) mientras das cuenta del pincho de tortilla y le ríes las gracias al inefable Roncero. No hay otra. Todo lo más, se cuentan entre los más jóvenes quienes han sucumbido a los encantos de ese equipo que Guardiola puso a jugar al fútbol con un tal Messi al frente. Y ahora que recuerdo, hubo una época en la que la elástica del Athletic disputó la supremacía en las calles de Castro con la camiseta de la selección. Javi Martínez y Llorente harían lo suyo, vale, pero los nombres que más se prodigaban en aquellas zamarras eran los de Villa, Casillas, Xavi y, lógicamente, Iniesta. Pero esa fiebre pasó a medida que el Marqués del Nabo comenzó a hacer de las suyas. Ya apenas quedan rastros.
Dicho lo cual, si hay una institución deportiva que haga competencia visible por aquí a los de San Mamés, ese es el Club de Remo de la villa. Su emblema y las estampas con lo mejor de un honorable palmarés decoran buena parte de los establecimientos de la ciudad. El rojo de la Marinera es el color de Castro, por más que alguien decidiera en un nublado que la bandera de la antigua Flaviobriga tendría que ser un remedo de la escocesa con el verde en lugar del azul. Las enseñas de la Marinera forman parte del paisaje, con el recuerdo de laureles no tan lejanos y la esperanza de un futuro deportivo más halagüeño.
La Marinera es a Castro lo que el Athletic Club a Vizcaya, buena parte del País Vasco y este rincón de Cantabria. Y eso que ahora los remeros sobreviven a los recortes con peor suerte que el Athletic a una filosofía modulada con las excepciones que impuso la lógica de un mercado sin fronteras. La afición -entregada, tradicional y entusiasta donde las haya- no ha podido evitar que la embarcación roja de Castro se debata este verano por subir a Segunda. Si, a Segunda. Ya no hay subvenciones, la crisis hizo lo suyo y, por tanto, pasaron a la historia los entrenadores de elite y los deportistas del otro lado del telón de acero. Para más inri, el casco de la trainera sale ahora a escena tuneada de una variedad del morado corporativo del patrocinador de turno. Irreconocible.
Este ha sido el verano del Athletic, de los txapeldunak. Campeones después de treinta y un años, no han sacado la gabarra porque el siguiente partido se antojaba demasiado cercano. Otra decisión cuando menos discutible, sobre todo pensando en los que no habían nacido la última vez que los márgenes de la ría se tiñeron de rojiblanco para recibir a los de Clemente. Llevan décadas escuchando a sus mayores lo que supuso aquello, y ahora que la gloria les mira de nuevo a la cara, alguien decide que no hace falta. Por aquí -ya lo decía a cuenta de la camiseta- también se toman decisiones incomprensibles.
Y mientras medio Bilbao se daba cita en el Arenal para recibir a los héroes de Barcelona, catorce castreños salían una tarde más a la bahía de Castro, con otro color, luchando por abandonar una categoría que no les corresponde, y más de uno rememorando el repaso que Aduriz y compañía acababan de pegarle a la tropa de Luis Enrique. De alguna manera, todo quedó en casa.


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