Créanme si les digo que hay sevillistas, no sé si con dos,
tres o cinco cifras en el número de abonado, a los que les da exactamente igual
que Émery coloque de salida una defensa adelantada, doble pivote en el centro y
dos arriba. Posiblemente han visto más partidos que el noventa y nueve por
ciento de los que imparten a diario lecciones de fútbol y, ya de paso, de
sevillismo, pero nadie les habrá arrancado un comentario que fuera más allá de
si éste o aquel es ‘bueno’ –a secas- o un calco del que llegó al Sevilla hace
tiempo procedente del Jaén.
No saben manejarse en eso que suena a secta y que hasta los
profanos resumen con el genérico de Redes Sociales. Ni falta que les hace. ‘No
han visto nada, no tienen ni idea’, sentencian para sí cada vez que alguien
trata de convencerles de que la opinión en sevillista se pulsa hoy en estos
inventos con nombres que alguien tomó prestados de un almacén sueco de muebles.
Sólo en cenáculos reducidísimos, familiares, casi en privado,
evocan un tiempo en el que su Sevilla y el mío se ganó un marchamo imperecedero
de respetabilidad. Sello grabado a fuego en la memoria de quienes acompañaron a
su equipo, desde cierta distancia pero sin dejarlo ir, sin aspavientos ni
dogmatismos, más décadas de lo que la razón dicta, a la espera de que un chaval
de Nervión les volviera a helar la sangre aquel jueves de Feria. Esa noche,
mientras media Sevilla hacía suya la ciudad, se abandonaron al recuerdo y la
nostalgia de los que ya no estaban, sevillistas porque sí, a los que, después
de tanto tiempo, volvían a echar de menos.
Artículo publicado en SFC Periódico del 3 de octubre de 2013

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