Imaginen el cuadro.
Termina el derbi en el feudo de la avenida de la Palmera, y una selecta
representación de ambos contendientes se ven las caras en un habitáculo
acondicionado para pasar un rato distendido. Comentar lo acontecido, interesarse
por sus mujeres, las ocupaciones de sus ascendientes y esas cuestiones que
suelen aligerar el encuentro casual de dos sujetos que acaban de darse hasta en
el carnet de identidad. Tercer tiempo, así lo llaman desde alguna instancia de
la Liga de Fútbol Profesional donde no descansan en su objetivo por dotar al fútbol
de una inequívoca intención pedagógica.
A la reunión no faltan el
árbitro y sus ayudantes (uno ya ha perdido la cuenta de los componentes de eso
que llaman equipo arbitral). Con la llegada de los técnicos, sólo hay que dejar
pasar el tiempo hasta que alguno rompa el hielo con un par de chistes. El
momento más distendido de tan agradable coincidencia acontece cuando, pongamos
por caso, Gary Medel se interesa por el parte que el equipo médico verdiblanco
emite tras valorar las consecuencias de la acometida que dio con los huesos y
los rizos de Cañas en el prado heliopolitano. Eso sucede entre risas del
personal y expresiones de alivio de la mayoría, que se felicitan por la escasa
trascendencia del trancazo en la integridad del mentón del racial compañero de
profesión. Otro momento que quedaría para los anales de tan bienintencionada
ocurrencia tiene como protagonista al entrenador local. Cuando escribo estas
líneas, sigue sin terminar de explicar si su escena al final del encuentro tuvo
más que ver con algún resorte nervioso propio de la tensión del momento. Los
presentes restan importancia al viril aspaviento del técnico criado en ‘la
Fábrica’, que es como algún cursi con papeles bautizó a la finca recalificada donde
se forman (entiendan el recurso) los escalafones inferiores del Real Madrid
Club de Fútbol.
Mientras la mayoría se
cita para mejor ocasión sin la tensión de los puntos en juego, en un rincón de
la estancia, Fazio, Jorge Molina y el linier de preferencia recrean jocosamente
la escena del penalti, mientras Paulao revisa apesadumbrado la marca de sus
tacos en el muslo de Negredo, en presencia del trencilla que resta importancia
a la coz.
Pues algo parecido a este
sainete es lo que el organismo que dirige la competición pretende que suceda al
término de cada encuentro. Han tomado como referencia ese deporte de caballeros
que es el rugby, donde nadie discute las decisiones de un señor cargado de una
autoridad fuera de toda duda. Gerifaltes de la LFP, déjense de ocurrencias y
ocúpense de las cuestiones que verdaderamente ponen en peligro el futuro de
este deporte. Y ya que tanto les preocupa eso del buen rollito postpartido, ya
están tardando en llevarse a los contendientes a Casa Ruiz. Eso si que es un
tercer tiempo de categoría, con su salchichón en taquitos, la cerveza bien
tirada y el jamón bien cortado, y no la sandez con la que pretenden solucionar
los problemas del fútbol.
Pablo F. Enríquez
Publicado en SFC Periódico el 21-04-20123

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