martes, 3 de julio de 2012

Calle Harinas



A ti nunca te hizo falta que nadie te recordara que el Sevilla abría el plazo para renovar el carnet.

Entraba el verano y la calor se ensañaba con ese niño confiado a la recompensa prometida tras un curso cerrado conforme a lo esperado. No pasaba una semana del mes de julio cuando, sin soltar la mano de aquel que sigue contando temporadas en el cielo, os personabais en una calle del Arenal con fachada a la sombra, que guardaba en su interior la maqueta del santuario que condicionaba las rutinas dominicales de los hombres de la familia.

Antes de entrar, el abuelo apagaba el pitillo con la misma parsimonia que gastaba para corresponder al saludo de los que aguardaban su turno, ya en el interior sombrío de aquella casa de puertas abiertas. En una ocasión, tras el clásico intercambio de pareceres sobre tal o cual fichaje, el abuelo te indicó que en adelante te cuadraras ante aquel señor de sienes blanqueadas que hace décadas llego a Sevilla para defender el escudo con el nueve a la espalda. No hizo falta que te lo dijera dos veces. Aquello se te grabó a fuego, con la carga de respetabilidad que el abuelo sabia darle a las cuatro confidencias que tuvo a bien hacerte en vida.

Solo después de cerciorarse de que el abono reflejaba debidamente el nombre y la localidad, permitía que tuvieras tu carnet en las manos los segundos suficientes para que comprobaras, un verano mas, que él era un hombre de palabra y cumplía sus promesas.

Con el paso de los años y la gloria aun reciente en la memoria, repites el ritual con los mismos calores aunque en otro enclave de una ciudad nueva. Hoy, como entonces, caes en la cuenta de que ha llegado el momento de renovar ese vinculo sentimental con un legado imperecedero que cuidas como hiciera aquel que custodió tu infancia. Sin que nadie te diga nada.

Pablo F. Enríquez
Publicado en SFC periódico el 2 de julio de 2012.

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