Se equivocó. No atendió los requerimientos de quienes le pidieron que pensara en él, por una vez en él, en su familia y su futuro. Desatendió los consejos de aquellos que, sin más interés que el amor compartido a la pasión que marca sus vidas, esbozaron con nitidez el nuevo escenario en el que su nueva situación procesal sitúa indefectiblemente al Sevilla, a su Sevilla Fútbol Club. Y decidió seguir.
No entro ni salgo en el trasfondo jurídico que lleva meses complicando la existencia de José María del Nido. No es este el lugar ni el momento. Tampoco está en mi ánimo perder un solo segundo argumentando garantías procesales evidentes. Pero soy de los que piensan que, cuando ayer anunció que continuaba al frente del club, dejó pasar una ocasión única para coronar su aportación a la historia centenaria de la entidad con un gesto honorable, revestido de la grandeza y los valores de los que se ha servido para acuñar el nuevo Sevilla.
Con su gestión al frente de esta sinrazón que alguien nos inoculó antes de lo que la memoria es capaz de avalar, Del Nido es el máximo responsable de algunos de los momentos de máxima felicidad de los que puedo dar fe. Muñidor de una gloria imperecedera, se ve que no concibe su vida sin las responsabilidades que se derivan de llevar la nave sevillista a cotas impensables. Y ahí reside parte del problema: no entiende su vida sin el Sevilla. La otra cara del dilema es más preocupante por lo que se atisba en el horizonte. Dicen quienes aseguran conocerlo, que no conoce a nadie a la altura del proyecto ganador que tutela de forma obsesiva, y que eso le conduce a la decisión que ayer hizo pública.
Por más que intente separar sus vicisitudes personales del cargo que ostenta, su destino marca el del Sevilla, incluso a los ojos de quienes siempre estaremos en deuda con quien tan feliz nos hizo.
Publicado en SFC Periodico, el 21-12-11

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