domingo, 6 de noviembre de 2011

Vidas sin fútbol





Acostumbrados desde la cuna a la liturgia liguera del fin de semana, cuesta trabajo imaginar cómo resuelven la orfandad futbolística en sitios donde, entre las tradiciones y la ausencia de una afición beligerante, dejaron sin fútbol a propios y extraños.


Será que los ingleses se olvidaron de algunas provincias en su paseo por España a principios del siglo pasado, que el frío y la lluvia pudieron más que las ganas de algunos pioneros, o que, sencillamente, la parroquia encontró un decálogo de cosas mejores que hacer que echarse a correr un domingo por la tarde detrás de un balón. Hay quien, desde una mirada antropológica, encuentra explicaciones razonables en un matriarcado poco flexible. Sea como fuera, se da uno un paseo por Ávila, Segovia o Palencia, y encuentra motivos para creer que hay vida más allá del fútbol. Y una vida que -créanme- no convierte en desgraciados a los abulenses, segovianos o palentinos. Al menos por el hecho de no frecuentar un estadio los fines de semana. 


A todos estos, al menos a la mayoría, les sobra el fútbol y, por descontado, lo que le rodea. Y son felices. A su manera, pero tienen la vida perfectamente resuelta sin los sofocones de un colista respondón la noche de un lunes. Les da exactamente igual que los dos delanteros de la plantilla sean baja segura en la visita a Mallorca. Y son legión los que nunca se pararon a pensar donde se toca un futbolista cuando se jode los isquiotibiales.


Excepción hecha de los que le dan al vaso en locales “decorados” con fotos dedicadas por Camacho, Pepe o Roncero, o de los devotos de la contraportada de cierto diario deportivo, abundan los que entienden que los fines de semana se dejaron libres para menesteres alejados de un terreno de juego. Si fueran conscientes de los sofocones que se ahorran y de lo desagradables que resultan las mañanas que siguen a una derrota… Hay días que uno se cambiaría por ellos.


Pablo F. Enríquez


Publicado en SFC Periódico el 06-11-11

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