viernes, 26 de agosto de 2011

Una tarde de verano



No sé si es la edad o lo vivido (sólo yo me entiendo). Si serán los años que uno frecuenta la avenida de Eduardo Dato o la carga de experiencias emotivas -tan de golpe, tan seguidas- a las que hemos sido invitados los que sentimos en sevillista. Quizás fue el deseo satisfecho de que nunca se acabara ese momento que el fútbol eligió para divertirse entre nosotros, lo que nos ha conducido a éste estado ciertamente conformista, endulzado con dosis generosas de agradecimiento. Es, al meno, mi caso.

Comparto con el lector esta suerte de paranoias sin saber cómo terminará esta contienda hispano-alemana. Soy consciente y coincido en la importancia que esta previa tiene para el club, su economía y el componente anímico que acompañaría el arranque de temporada de un nuevo proyecto deportivo. Más lo segundo. Independientemente de comprobar si la bolita con el nombre del Sevilla FC sigue siendo una habitual en los sorteos que organiza la UEFA, qué quieren que les diga, estoy servido. Todo lo que venga es gula.

Sucede, sin embargo, que esta gente que lleva las riendas del club no ve bien el conformismo que hoy, pecador, confieso. Estos que, no hace tanto, pusieron los mimbres para que la gloria afincara entre nosotros, están convencidos de que esta dama blanca conoce el camino que conduce al corazón de tanto sevillista. No tienen bastante, y se empeñan en recordárnoslo.

Y yo, ya ven, no sé si poniéndome la venda antes de la herida o haciendo gala de cierto talante impávido curtido en el éxito. Puede que ambas cosas. A veces rebusco en rincones de mi infancia al culpable de este veneno que ha desactivado una parte respetable de eso que llaman razón, y que me tiene desvariando a estas horas de la tarde, con tanto alemán por las calles, rompiendo el silencio de este verano que lentamente anuncia su epílogo. Y no doy con él. Como lo pille…

Publicado en SFC periódico el 26 de agosto de 2011.

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