Es el cuarto borrador de artículo que comienzo. Los tres anteriores me habrían conducido a alguna penitenciaría, con el pretexto de uno de tantos artículos del Código Penal relacionados con eso del respeto al honor. Aunque, bien mirado, en el mismo volumen debe haber algún párrafo que exima de castigo a quien haga burla, mofa y escarnio de alguna cualidad inexistente en el personaje que hoy preside mi hit parade de sujetos absolutamente prescindibles, en una comunidad que presume de valores, modales y un cierto grado de instrucción. Me refiero a Mourinho.
Todo cuanto le rodea desprende un tufo irrespirable, propio del ambiente guerracivilista que extiende cada vez que tiene que explicar alguna contrariedad. Ha hipotecado el presente y futuro del club que le paga -allá ellos- con la premisa de contubernios que traspasan nuestras fronteras. Nada nuevo: Franco escenificaba el argumento con un victimismo más creíble. Al menos para el mismo número de adeptos que hoy conceden al portugués honores de líder. Cualquier espectador ocasional del estadio de Chamartín con cierta edad puede dar fe de los parecidos razonables entre esta grada rendida a Mou y aquella plaza, también madrileña, que coreaba los balbuceos del dictador.
Franco tampoco perdía. Los contratiempos (llamémoslo así) no obedecían a golpes de timón mal orientados ni a la lógica deriva de una dictadura decrépita. Las evidencias del final del Régimen y el creciente desafecto ciudadano estaban alimentados -decían- en ciertas universidades y centros de poder de Alemania, Francia y la Unión Soviética. En el caso del entrenador del segundo club de fútbol español de nuestra época, la culpa recae en la Federación , el colectivo arbitral y la Uefa , por este orden. Curiosa vuelta de tuerca en un club que ha cimentado su fama con episodios que estos tres estamentos, por simple rubor, preferirían ver desterrados en alguna ciénaga de la historia.
Buscaba Florentino un talismán con el que hacer frente al –posiblemente- mejor equipo de fútbol de la era moderna. Y le vendieron a Mourinho. La última gracia del portugués consiste en meterle el dedo en el ojo al segundo de Guardiola, amagar -seamos benévolos- pisotón en la cabeza del derribado Cesc y retirar al equipo de la entrega del título ¿Qué será lo próximo? Justo castigo para tanta soberbia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario