lunes, 25 de julio de 2011

Isla Canela, año XI





Si en la leyenda celta, el druida ocupaba junto al guerrero el escalón superior de la jerarquía tribal, en la historia reciente del Sevilla FC debería haber un hueco especial para la química que supieron crear hace ahora once años entre directivos, cuerpo técnico y futbolistas, con el resultado de todos conocido. El relato nos sitúa en una tranquila playa fronteriza de agua helada, la Punta del Moral, con ejercicios playeros por la mañana y sesiones tácticas en unas instalaciones deportivas cercanas. En medio, el druida y la poción mágica: Antonio, al frente de un chiringuito de fama bien ganada, y el arroz.






Más de una década después, ni Caparrós entrena al Sevilla, ni el presidente es Roberto Alés, ni el equipo se concentra en Isla Canela. Por otra parte, las decisiones del departamento de márketing del club en lo que a pretemporadas se refiere, nunca han determinado las intenciones de un grupo de veteranos (dejémoslo ahí), que siguen guiándose por el muy respetable criterio de que hay cosas que más vale no tocarlas. A ello hay que añadir la tendencia del futbolero por seguir al pie de la letra esas reglas personalísimas que condicionan todo lo que concierne al ¿disfrute? de esta afición que alguien nos metió en vena cuando la razón atisbaba sus primeros debates.

Esas manías. Si diseccionáramos el cerebro de un aficionado al fútbol, y tuviéramos la posibilidad de urgar en esa parte que aloja al subconsciente, comprobaríamos el tremendo espacio que ocupan las viejas costumbres y no pocas manías de inútil justificación. Bajo el mencionado axioma de que más vale no menear lo que bien va, estos brigadistas de la honorable guardia sevillista cumple cada mes de julio con una cita cargada de buenos recuerdos y mejores viandas. El protocolo, en la mente de todos, comienza con el reconocimiento de las frías aguas de Isla Canela. La facción femenina procede con las rutinas playeras mientras el resto realiza la preceptiva visita a la barra del hotel otrora de concentración, donde se da cuenta de algunos tercios de Cruzcampo. Con el tiempo justo, avanzadilla al Chiringuito del bueno de Antonio y asentamiento a la espera de dar merecida cuenta de un arroz por lo común sublime.













De ahí al final de la jornada, gin tonics playeros, Vega Fina gentileza de Ángel, y dejar pasar las horas de un agradable atardecer entre recuerdos, ocurrencias y un anecdotario sevillista que daría para una velada más prolongada.
 








Tampoco faltan los habituales brindis con los platos de arroz a la salud del Sevilla FC, algún contratiempo a cuenta de la opción de algunos establecimientos por la marca equivocada de tónica y -este año sí- tiempo incluso para que un comensal se abandone en los brazos de Morfeo.







¡Viva la amistad y el Sevilla FC!

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