Volvemos a las andadas. Y lejos de resultar un accidente, un
mal día que tiene cualquiera, lo del pasado lunes en Getafe resultó lo más
parecido a una radiografía del Sevilla FC de esta temporada. El marcador final
reflejó lo más lógico que puede pasar cuando la apatía y la indolencia se
apoderan de un colectivo privilegiado de profesionales consentidos, sumado a un
rival que añade a la intensidad debida unas gotas –no gran cosa- de calidad.
No es la primera vez que sufrimos este bochorno en una
temporada que consagra el campeonato liguero español como la recua de los
mediocres. Porque a ver qué calificación se merece una competición en la que el
Sevilla mantiene intactas a día de hoy sus aspiraciones europeas (cuando
escribo estas líneas faltan unas horas para que nos visite el meritorio
Levante). Y es en estos casos en los que se echa en falta un futbolista. Un
profesional con personalidad y carácter, que imponga la jerarquía en el
vestuario con la misma firmeza con la que corta la sangría en el terreno de
juego a costa de que el Pedro Ríos de turno compruebe lo cerca que puede llegar
a estar el primer anfiteatro.
En un mundo, el nuestro, donde sólo piden perdón el papa y
el rey, no habría estado de más que ese referente de la plantilla, el líder,
hubiera salido a la palestra disculpándose por el espectáculo del pasado lunes
(mención especial a los que aguantaron el chorreo en las gradas del Coliseum).
Un detalle, si quieren, hacia una afición que de esto sabe algo, y que se
resiste a creer que los Campanal, Blanco, Martí, Navarro o Alfaro son reliquias
de una especie dorada en vías de extinción.
Pablo F. Enríquez

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