A vueltas con mi fijación por el norte de España, retomo algunas de las fotos que hice este verano en Bilbao. Y siguiendo el manual del perfecto turista, desciendo el cauce del Nervión por la margen que los bilbaínos han recuperado ejemplarmente para la ciudad, hasta llegar al Guggenheim y su entorno.
"La ciudad de las personas", debieron pensar a mil kilómetros de Sevilla..., y les salió el nuevo Bilbao. Una ciudad que se rehizo sobre la base de un prodigio arquitectónico muy contestado en sus inicios. El tiempo obró el milagro y los bilbaínos terminaron haciendo suyo este emblema de una ciudad que ha sabido conservar su fisonomía, su identidad, al tiempo que apostaba por una filosofía urbana (eso dicen que aspira a a ser la arquitectura) vanguardista y acogedora.
A diferencia de otras salvajadas perpetradas por aquí, a ninguna lumbrera con chapela se le ocurrió colocar el famoso museo en la Plaza Federico Moyúa (el eje de la Gran Vía) o en la explanada que hay junto al Teatro Arriaga, en la entrada del Casco Viejo.
Hay cosas que sólo se nos ocurren a nosotros. Somos así.
Ahí os dejo el "Guggen" que yo disfruté, su encarte en otras fachadas y los perfiles de la piel de titanio con un cielo, cómo no, gris Bilbao.
Volviendo la vista a Sevilla, uno no puede dejar de acordarse de algunos diseñadores de entornos urbanos, o como quiera que se denomine el gremio que tanto daño ha hecho a la ciudad de unos años para acá.







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