Ahora que la selección nacional vuela para Glasgow para disputar otro encuentro clasificatorio de la Eurocopa, se me vienen a la cabeza un interrogante y un recuerdo.
Lo primero, no sin grandes dosis de retórica e ironía: ¿los campeones no estaban clasificados per se? No hay que irse a la web de la Uefa para caer en la cuenta de que este negocio no concede el más mínimo resquicio a la esencia de la competición: destronar al campeón. Un embite que no tendría sentido sin el reconocimiento previo por parte de todos los aspirantes de que uno, sólo uno de ellos, se ha ganado el derecho de defender el título. Pues no.
Y el recuerdo. Resulta complicado estar estos días en el mundo, leer la prensa, escuchar la radio y ver algún informativo en televisión, sin que se nos aparezca de nuevo, en secuencia adornada con la emoción del plumilla, Zidane batiendo a un portero alemán en cierta final de la Copa de Europa. Y es que regresa Casillas, o eso dicen, al lugar donde nació para eso que ustedes ya saben.
A uno, en cambio, Hampden Park le evoca otra jornada, otros protagonistas, otras escenas para el recuerdo. Miércoles 16 de mayo de 2007, una y media de la madrugada. Una masa incontable de sevillistas vuelve a colapsar el aeropuerto de San Pablo en las previas de otra final europea. La tercera, sí querido lector.
Demostrado está que la gloria continental del Sevilla FC no es posible sin que un grupo de sevillistas pase las de Caín en algún aeropuerto europeo. Agradezcamos, pués, a Halcón Viajes sus desvelos para que esta coyuntura se diera también aquel día en el que varios cientos de aficionados tuvimos que esperar quince horas a que un avión marca blanca (ni una pegatina en su fuselaje), nos acercara a Hampden Park.
Antes de invadir el avión, tuvimos ocasión de comprobar hasta qué punto el hombre es capaz de soportar lo que no está en los escritos con tal de salirse con la suya. En este caso, acompañar al Sevilla FC en otra cita histórica. Aquí queda eso.
Al final pudimos decir aquello de que mereció la pena. Las fatiguitas no nos las quita nadie, pero todo sea por llegar a Glasgow a tiempo para vivir esto.
Y entonces, claro, todo se olvida...
Otro aeropuerto, otra espera eterna, Glasgow, Hampden Park, Palop... y la gloria. Eso tan etéreo e inconsistente que te toca y se engancha a la memoria o te castiga con la mediocridad. Y a nosotros nos tocó. De lleno y para los restos.
Con Dios.







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