Tristemente, nos hemos curtido en momentos no demasiado lejanos en los que un personaje de complicado encuadre psicológico la emprendía sistemáticamente contra el Sevilla, su historia, símbolos y aficionados.
Y entonces, recuerden, nadie en el Betis, absolutamente nadie, se desmarcó del insulto y el desaire del que hacía gala "Don Manué". El Betis -los béticos- dejó para su historia una frase reveladora: "lo que diga don Manué". Nada casual. La perla es fiel a una lógica histórica que no entiende el gobierno de la sociedad sin la existencia de un salvador. Y callaban.
Nunca escuché la más mínima crítica al líder el día del busto, la bandera del centenario, la gamberrada de Carretero o los insultos a los sevillistas con los que este tipo regalaba los oidos de su fiel -entonces- infantería. Nunca. Como si el reconocimiento de la barbarie les hiciera más débiles.
Viene esto a cuento de la columna que Antonio García Barbeito firmaba el pasado 15 de octubre en ABC de Sevilla. Otra joya del maestro Barbeito. Ahí la tienen:
¿Ahora contra Lopera?
Quizá sea la primera vez que escribo su nombre, y si jamás se me ocurriría hacerlo como tardío eco laudatorio que viniera a sumarse a los cantos que ayer elevaban su nombre a la gloria, tampoco lo hago para convertirme en hacha que está sacando leña fácil del árbol caído. Lo que Lopera es lo ha sido siempre; todo lo que tenga de malo, si lo tiene, ya lo tenía, y si algo bueno tuvo, lo tiene aún. Nunca me hizo gracia, entre otras cosas, porque necesitaba sacrificar a mi equipo, el Sevilla, para que sus incondicionales le rieran lo que por gracia nos vendían, y porque jamás lo vi gracioso, en todo caso, motivo de risa por sus dislates cuando trataba de organizar en su boca el idioma. Nunca lo vi tan bético como lo quisieron ver otros, y por más que presumiera de su beticismo adobado de estampas sagradas, nunca me fié de él, que no es bueno fiarse de quien dicen, con la razón que sea, que sus dineros vienen de la usura. Lo llamaban de don por el dinero, aunque aquel «don Manuel» que parte del beticismo acuñó cuasi como principio de una oración deportiva, no demostrara tener derecho a más dones que los que se derivan de la listeza negociadora y de la capacidad populista para engañar a crédulos, que Lopera fue, en mucho, un «vidente» que encandiló a muchos con el nombre del Betis en la voz, como otros hicieron arrodillarse a miles fingiendo un éxtasis en los descampados de famosas «apariciones». A mí no me engañó jamás; para mí, ni bueno ni malo. Pero resulta que ahora nadie quiere reconocerlo, nadie habló con él, nadie le dijo «Don Manué». Aquí siempre hay un apóstata a mano que, cuando le preguntan los soldados romanos, dice que él nunca fue con el nazareno. ¿Ahora resulta que no ibas con él? El que no iba era yo. Eso sí es seguro. ¿O va a resultar que algunos —sobre todo uno— de los que ahora dicen que hay que recuperar el nombre de Villamarín para el campo de fútbol de Heliópolis, ayer mismo no durmieron tranquilos mientras a ese mismo campo no le pusieron el nombre de Lopera?
A ver si va a resultar que fui yo quien pidió para él una calle, una avenida y cuasi el nombre de Sevilla. Ahora, cuando las cosas están para el Betis como muchos béticos de verdad temían hace unos años, resulta que nadie ha estado en su casa, invitado por él, nadie ha comido con él, nadie le ha dado un abrazo, nadie le ha mostrado su hijo pequeño para que lo acaricie como si Lopera fuera el nuevo Mesías. No los hay más falsos porque no hacen gimnasia. Ni más cobardes. Ni, aunque Lopera fuera el Demonio, más traidores.
Poco más que decir.
Con Dios.






Ah, qué tiempos (antes de ayer, como quien dice): la fotografía de los estómagos agradecidos en la puerta del Asador Donostiarra. La sonrisita de Alejandro Delmás, de Relaño, Roncero y Manolete. Menos mal que nos queda la hemeroteca.
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